Ni heroes ni villanos, pero debemos mejorar

Este es un cuento sin buenos ni malos, sin heroes ni villanos, o al menos esa era la intención. Pero esta escrito desde la perspectiva de legislación vigente.

 

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 Cuanta la historia de un hidalgo caballero correcto y trabajador, un buen hombre de familia, o al menos es lo que nos cuentan sus congéneres sobre él. Sabemos que ostenta un trabajo fijo y honrado por el que recibe una compensación económica. 

Un día nos cruzamos con él, se presenta como vecino de la zona y nos ofrece, educada y cordialmente, su ayuda en aquello que podamos precisar. Nos explica qué; aparte de su trabajo, es un hombre inquieto y laborioso que realiza otras tareas, por sí, llegado el caso, necesitáramos de sus servicios o sabemos de quien los precisa.

Meses después volvemos a encontrarnos con nuestro protagonista, en esta ocasión, nos indica que se ha metido en política, nos suelta un discurso sobre trabajo y dedicación con el que puedo estar en grato acuerdo y unos conceptos sobre sexualidades y razas que comparto algo menos, pero, ¡quien soy yo para juzgarlo! Eso no implica que deje de ser un buen hombre y trabajador. No tendrá mi voto, ¡pero me alegraré si ostenta un cargo!.

Tras las elecciones, su partido gana con mayoría absoluta. Pasa a ostentar un cargo. La primera vez que me lo cruzo, promete trabajar por el bien de todos, aunque radicaliza un poco su discurso, opto por quedarme solo con la primera parte. En otro orden de cosas, me recuerda lo de sus trabajos, porque ha apreciado que a un vecino le vendrían bien. Ahora si me chirría; un cargo político electo, me está hablando de contratarlo en negro. 

Los días pasan y una rocambolesca situación se presenta ante nuestros ojos. Aprovechando la situación de cuarentena y la crisis económico- social que ello acarrea, alguien decide realizar obras en una antigua casa de su propiedad. Una cuadrilla de inmigrantes, sin contrato, sin permiso de obra, en medio de la cuarentena y acompañados por parte de sus familiares, que vienen a traerles el almuerzo y la comida, se disponen a realizar aquellas funciones para las que han sido “contratados”. Nuestro reciente cargo electo, aparece, saltándose la cuarentena, en medio de esta particular sátira. 

El hombre, preocupado, les pregunta qué hacen allí. Como conocedor del dueño de la vivienda les pide que lo identifiquen, es necesario verificar la veracidad de la historía, vaya a ser que sus intenciones sean otras a las expuestas. Conforme con lo escuchado, decide volver a casa, todo parece correcto.

¿Existe maldad o mala fe en alguna de las actuaciones? Tampoco entienden que a ti te resulten inapropiadas y si insinúas algo sobre falta de legalidad, estas entrando en amenazas: “y ese no es el camino” Ejecutan el comportamiento tal y como los educaron, cumplen con su cuadro costumbrista adquirido, no existen incoherencias en su comportamiento (a su ver, claro).

Sobres, mordidas, 3%, aquella frase de: “Se esta poniendo muy difícil hacer negocios en este país”

Tras un intento de reflexión me planteo: ¿Cuál es la solución? Y no la tengo, pero sé de algo que es fundamental, una educación publica fuerte, una educación en conocimientos, pero también en valores y en principios. Porque ser buena persona y trabajador es un gran comienzo, pero para avanzar como sociedad necesitamos dejar atrás ciertos hábitos y costumbres recurrentes, que no por ser aceptados son correctos o cívicos.

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