Il divo rechoncho

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Resonaba de fondo un melodioso sonido, no era una obra maestra, un sonido nasal, desentonado, atropellado por momentos debido al agua que entraba por su boca. Era un tono infantil, una voz muy aguda, como si tuviera una tubería de helio adherida a su sistema respiratorio. Lo escuche nada más abrir la puerta, allí estaba, un pequeño niño, de unos 12 años, bajito, regordete y con voz de pito, disfrutando de una maravillosa ducha caliente.

No es que me molestara, más bien me sorprendió, era el vestuario masculino 8, según rezaba el cartel, allí no podían entrar menores de 16 años y este no los alcanzaba por mucho. Decidí no dar mayor importancia. Intente identificar que estaba cantando, reconocí alguna expresión y un intento de ritmo, eso era Sakhira. 

Unos minutos antes, mi clase de natación había terminado. En el otro extremo de la piscina un montón de niños corrían por el borde cargados con elementos para el aprendizaje, ellos también habían acabado sus clases. Como era habitual, montones de madres y algunos padres se arremolinaban en las entradas a los vestuarios. 

El pequeño divo, que no era ni mucho menos, de los mayores entre los niños, salió de su ducha, se sentó a mi derecha, mirando al suelo en todo momento, esta rodeado por cinco hombres de dudosa grata apariencia física, tapado por su toalla intento secarse y ponerse la ropa interior sin ofrecer un desnudo al resto de componentes de la habitación. Casi lo consiguió, en el último momento la toalla se desprendió y el niño alzo la mirada, sin levantar la cabeza, para ver si alguno de nosotros lo observaba, no había dejado de tararear en todo momento. 

Se seco cuidadosamente, desdoblo la ropa que había dejado organizada en su mochila, guardo el gorro las gafas, el bañador y las chanclas. Nada al azar, todo tenía su lugar y orden. Saco una pequeña bolsa de aseo de la que extrajo un peine, desodorante y algún tipo de loción hidratante. Desde luego podía convivir perfectamente entre los adultos. En ese momento yo ya había terminado, recogí mi mochila y me encamine hacia la puerta.

En el pasillo de salida me volví a encontrar con la jauría de madres y algunos padres, secaban el pelo y vestían a niños como el que estaba en el vestuario de hombres. Un criterio atronador con frases repetidas: “ Estate quieto” “Quieres parar de jugar” “Vamos a llegar tarde por tu culpa” “es la última vez que vienes”

Pasaron unos minutos, mientras debatía sobre la limpieza del local con un compañero de sesión. Por la puerta apareció el pequeño muchacho, se había secado el pelo, lleva la raya en un lado. Vestía unas viejas zapatillas de deporte blancas, un pantalón de chandal gris más cercano a las axilas que a las caderas, un suéter de cuello vuelto blanco y unas lentes. Detrás de él aun se escuchaba los gritos del resto de niños. Salió del recinto y giró a la derecha, no pude apreciar si lo estaban esperando o se iba sólo a casa. 

Durante la comida no pude dejar de pensar en él. ¿Por qué motivos no se relacionaba con los otros niños? ¿Qué le había llevado a esconderse en el vestuario de hombres?

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